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DE LA CONTABILIDAD CREATIVA A LA CONTABILIDAD DELICTIVA

 

Pocos años ha, meses atrás, ¿hubiera apostado usted por la detención del todopoderoso e infalible –J6M–, Jean-Marie Messier, –Moi-Meme, Ma´´tre du Monde–, cuya autobiografía lleva por título precisamente –J6M–? Hasta el verano de 2002, Messier estuvo al frente del Consejo de Administración de Vivendi, justo al descubrirse la crisis financiera de enormes proporciones en que la gestión de J6M había sumido al emporio Vivendi. El empecinamiento de un grupo de pequeños accionistas, poniendo en duda los informes anuales de los años 2001 y 2002, ante la posibilidad de que los mismos incluían datos falsos y por ello hacían caer en errores, les llevó a denunciar los hechos que posteriormente obligaron a actuar a los investigadores. Curiosa experiencia ésta de Jean-Marie Messier, aquel francés que en un ramalazo de su –grandeur– trasladó su domicilio, personal y profesional, al corazón de Manhattan, en Nueva York, porque el gran París de Vivendi Universal se le había quedado pequeño. ¡Con lo grande, interminable y bonita que es París!

 

Así son las cosas. Los delirios de grandeza, las inversiones faraónicas, la magia hechicera de los balances, los juegos de manos con las cuentas de resultados, en suma, los trucos y trucajes se destapan. Messier fue posiblemente víctima de su propia grandeza y esclavo de sus delirios, lanzándose a un crecimiento empresarial desmesurado, para convertir a Vivendi en la más grande. Luego, aflora el pecado capital de la avaricia que va de consuno con la lujuria. Todo eso, es decir, crecimientos empresariales rompiendo coordenadas sensatas y provocando dispendios desorbitados por culpa de los pecados capitales en el contexto de un frenético –glamour–, necesitan balones, por no decir que globos, de financiación fresca, contante y sonante.

 

Crecer endeudándose es la peor de las trampas en que un empresario puede caer, máxime si no es capaz de controlar el endeudamiento y si para mayor inri las inversiones no dan los frutos esperados, no maduran con la celeridad prevista y como remate los gastos aumentan exponencialmente mientras que los ingresos suben tímidamente. El crecimiento sano exige que, a raíz de los aumentos de las capacidades productivas de la empresa, sus cuentas de resultados den la talla. Sólo así será posible, gracias a los excedentes que se generen, cosechar la autofinanciación necesaria – llámese –cash flow–, si se prefiere – para devolver la deuda contraída y retribuir al conjunto de factores productivos intervinientes en el proceso empresarial. Si eso no es así, entonces ¿para qué diantre crecer?

 

Como los números de Vivendi, tras hacerse con Seagram, no cuadraban con las alegrías previstas, tuvo que hacerse un apaño de empaque: recomprar acciones por más de 7.000 millones de euros en 2001. Todas las regulaciones y prevenciones que actúan como mecanismos de control y garantía sobre esa figura tan controvertida que es la –autocartera– se hacían añicos. De ahí a que se manipulen balances sólo hay un pequeño pero gran paso. Que la cotización de los títulos sea artificial y esté hinchada es una consecuencia absolutamente lógica. Que se escondan pasivos, por ende, no tiene que resultar extraño. Que los ingresos se inflen, bajo esas condiciones, se antoja consecuente. Que los gastos se recorten suena a perogrullada. A la postre, se prostituyen los resultados con el torticero propósito de travestirlos, arrojando apetitosos beneficios donde o simplemente no los hay o, en el mejor de los casos, no son los que se dice que son.

 

Detrás de todo ello subsiste una lacra de ese terrible –cortoplacismo– que rinde pleitesía a la llamada –cultura del pelotazo–. –Stock options–, –bonus–, premios, gratificaciones y demás prebendas sobre unas ganancias artificiales que se destinan a quienes, gestionando la empresa y manipulando sus cuentas, han de percibirlos, empeñados en maquillar los entresijos económicos.

 

Al levantarse el bien labrado y estupendamente decorado telón de las cuentas, ¡la función acaba! Se observan los granos y furúnculos contables, se aprecia la deleznable y cruel realidad: se está ante un páramo patrimonial. La inversión del modesto ahorrador, por arte de birlibirloque, se ha esfumado. El repugnante –cortoplacismo– ha triturado aquellas inversiones. El dinero colocado en su día con tanta ilusión ha cambiado de manos. Todos esos gastos, precisémoslo, van a cargo de la cuenta de resultados de la empresa que ve como entra en barrena, los sufraga el pobre accionista que no capta que el beneficio empresarial, por mor de tanto dispendio, se empequeñece. Hablamos, evidentemente, de empresas mal llevadas, donde el ego prevalece por encima de cualesquiera otros valores.

 

Casos como el de –J6M– y Vivendi y otros de similar pelaje, ¿no podrían detectarse a tiempo por parte de los organismos encargados de la supervisión de los mercados financieros? ¿Por qué no?

 

Por D. José Mª Gay Saludas

jmgay@jmgay.net

 

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